John Jumper, de Google DeepMind, habla durante una videollamada o entrevista
John Jumper, de Google DeepMind, habla durante una videollamada o entrevista — imagen de archivo de El Forum, ajena al asunto de esta pieza; pendiente de sustituciónEl Forum · Fototeca de El Forum · OWN_WORK

Qué dice cada bando sobre los despidos

OpenAI despidió a Jasmine Wang, Tomek Korbak y Mikita Balesni, tres investigadores de seguridad de la compañía. La empresa sostiene que la decisión llegó tras una investigación interna que concluyó que los tres habían infringido políticas claras sobre la gestión de información sensible, y lo describió como un "significant breach of trust" (una ruptura grave de confianza), según una nota atribuida a los responsables de investigación de OpenAI recogida en X.

Los tres afectados cuentan una historia distinta. Jasmine Wang afirmó en un tuit del 8 de octubre que el motivo que le dieron fue el acceso al correo de un ejecutivo, un acceso que —según ella— le había sido delegado para tareas de contratación y que ella misma pidió a IT que le retiraran. Mikita Balesni fue más allá: dijo que la causa real de su salida era que priorizaba la seguridad por encima de los intereses corporativos inmediatos, y negó haber compartido propiedad intelectual de OpenAI.

El relato de Tomek Korbak, recogido en un tuit de Ethan Perez del mismo 8 de octubre, añade un detalle incómodo para la imagen de la empresa: según esa versión, Korbak fue convocado por el responsable de seguridad de OpenAI, le comunicaron que la compañía ya no confiaba en él y un guardia lo acompañó fuera del edificio. Ninguna de estas versiones ha sido confirmada de forma independiente; son relatos de los propios afectados en redes sociales.

Una organización externa de seguridad en el centro de la disputa

El periodista Max Zeff confirmó en un tuit del 8 de octubre que OpenAI despidió a los tres investigadores por la supuesta difusión de información sensible a una organización externa de seguridad. Esa pieza encaja con la versión oficial de la empresa, pero no aclara qué información se compartió exactamente ni con qué organización, ni si esa colaboración external era parte habitual del trabajo de investigadores de seguridad en la industria.

Aquí está el nudo del asunto: en el campo de la seguridad de IA es común que investigadores de distintos laboratorios compartan hallazgos con organizaciones independientes dedicadas a evaluar riesgos, precisamente para que el escrutinio no dependa solo de la empresa que construye el modelo. Si OpenAI considera que ese tipo de intercambio constituye una filtración sancionable, la frontera entre "proteger secretos comerciales" y "silenciar a quien vigila" se vuelve borrosa, y es exactamente esa frontera la que los tres despedidos dicen haber cruzado sin mala intención.

Por qué el relato de los despedidos pesa tanto como el de la empresa

Ninguna de las dos versiones está verificada de forma independiente: ni la de OpenAI, construida sobre una investigación interna cuyos detalles no se han hecho públicos más allá de la frase sobre la "ruptura de confianza", ni la de los tres investigadores, que han dado su versión únicamente a través de tuits personales. Pero el hecho de que sean tres personas distintas, con detalles distintos pero compatibles entre sí —acceso delegado, escolta de seguridad, priorización de la seguridad sobre lo corporativo—, añade peso a un relato que la empresa no ha desmentido punto por punto.

Esa asimetría es relevante porque OpenAI no es una empresa cualquiera: se presenta ante reguladores y ante el público como un laboratorio capaz de vigilar sus propios riesgos antes de que el producto llegue a millones de usuarios. Si las personas encargadas de esa vigilancia interna acaban despedidas justo cuando dicen haber levantado una alerta, la capacidad de autorregulación que la compañía reclama para sí misma queda en entredicho, independientemente de quién tenga razón en este caso concreto.

Lo que no sabemos todavía

Falta por conocerse qué información concreta se considera sensible, con qué organización externa se habría compartido y si OpenAI aportará documentación que respalde su versión más allá de la frase genérica sobre la ruptura de confianza. Tampoco hay constancia de que la empresa haya respondido directamente a los detalles que dan Wang, Korbak y Balesni sobre el acceso al correo delegado o la escolta de seguridad.

Mientras esa documentación no aparezca, el caso queda como una disputa de versiones enfrentadas, con un patrón que no es nuevo en la industria de la IA: investigadores de seguridad que denuncian presiones internas y empresas que responden con investigaciones de cumplimiento cuyos detalles rara vez se hacen públicos.